¿Qué ocurre cuando el museo deja de estar entre cuatro paredes y se expande sobre un territorio entero? Esta fue una de las cuestiones centrales que surgieron durante la conferencia impartida por Carla del Valle sobre el Museo de la Vall d’Aran y el modelo de ecomuseo. Surgió durante la década de 1980, y plantea una profunda transformación de la institución museística tradicional al dejar de concebir el patrimonio como un conjunto de bienes reunidos y conservados dentro de un edificio concreto para entenderlo como una realidad distribuida por el territorio, estrechamente relacionada a la gente que lo habita y participa en su identificación, preservación, interpretación y transmisión, dando así a la sociedad un papel fundamental en la gestión y valorización de su propio legado cultural.
La Vall d’Aran constituye un ejemplo especialmente significativo. El museo gestiona una red de espacios patrimoniales que incluye la Casa Joanchiquet de Vilamòs, la iglesia de Sant Joan d’Artiès y numerosas iglesias de origen románico repartidas por el valle. A diferencia del museo tradicional, que extrae los objetos de su contexto para conservarlos y exhibirlos, el ecomuseo apuesta por mantener el patrimonio in situ, permitiendo que las obras, los edificios y los paisajes continúen formando parte de la vida cotidiana de la comunidad.
Esta diferencia resulta fundamental, ya que mientras el museo convencional construye su discurso a partir de una selección de objetos extraídos de su contexto original y organizados dentro de un espacio expositivo delimitado. El ecomuseo transforma el propio territorio en el escenario principal de la exposición, de manera que cada iglesia, pueblo y elemento patrimonial funciona como una parte representativa de un todo mucho más amplio y complejo que va más allá de su valor individual y que refleja la memoria, las tradiciones y las experiencias compartidas de una comunidad. De modo que quien lo visita contempla una pintura o un edificio y descubre un conjunto de relaciones culturales, históricas y sociales que siguen vivas y que permiten comprender mejor la identidad y la evolución de ese lugar a lo largo del tiempo.
Durante la conferencia, Carla del Valle insistió en la importancia de que la comunidad se sienta parte del proyecto museístico y no perciba el museo como una institución ajena. Desde esta perspectiva, el patrimonio se convierte en una herramienta de cohesión social y de construcción identitaria.
Pero precisamente en esta voluntad de poner en valor el territorio surge una tensión difícil de ignorar. Al musealizar un paisaje y convertirlo en objeto de interpretación, ¿hasta qué punto se corre el riesgo de transformarlo también en un producto cultural destinado al consumo turístico? El territorio deja de ser únicamente un espacio vivido para convertirse, al mismo tiempo, en un espacio observado y la línea entre la preservación y la puesta en escena resulta entonces más difusa de lo que podría parecer.
Ese es el principal interés del ecomuseo, es decir, más que conservar objetos, trata de mantener relaciones entre personas y lugares, entre memoria y presente, entre patrimonio e identidad. La experiencia de la Vall d’Aran demuestra que el museo contemporáneo puede ser mucho más que un contenedor de obras. Puede convertirse en un espacio de negociación constante sobre quiénes somos, cómo queremos representarnos y qué significado otorgamos al territorio que habitamos.
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